Las palabras

Entonces dijo Dios: Sea la luz. Y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas”. 
Génesis 1:3-4

 

En las Lecciones para la Vida hemos hablado acerca de algo para nada placentero pero muy importante para nuestra salud. Nos referimos al mal aliento que puede entorpecer nuestra buena comunicación con las personas. Pero debes saber que no solo el mal aliento aleja a las personas de nuestro lado. Puede suceder también con las palabras que salen de nuestra boca. ¡Las palabras son muy poderosas! Pueden dividir familias y romper relaciones. Es muy fácil hablar de maneras que no son útiles. Podemos usar malas palabras, palabras hirientes que destruyen la autoestima y palabras que pueden herir profundamente. Y una vez que las dices el daño será hecho y muy difícil de deshacer.

Las palabras son fáciles de decir, pero qué difícil poder borrarlas; nunca podremos recogerlas de nuevo. Aun si le dices “lo siento” a la persona, no puedes quitar la herida. ¡Son palabras que recordarán por años, porque las palabras son poderosas! Cuando usamos palabras que lastiman, podemos causar mucho daño, especialmente a aquellos que más amamos. Si decimos a nuestros hijos que son tontos, o feos o inútiles o cualquier otras cosa, ellos terminarán creyéndolo y crecerán sintiéndose inseguros, temerosos, y heridos. Cuando una persona se siente lastimada en su ser interior, estará más predispuesta a lastimar a otros. Y las palabras, especialmente palabras de enojo y sin cuidado, pueden destruir la autoestima de una persona por la manera en que se ve a sí misma. Pero esto impacta especialmente a nuestros niños. Podemos fácilmente destruir la autoestima de un hijo con palabras dichas sin cuidado.

¿Cómo es tu familia? ¿Se tratan con respeto y con cuidado? Necesitamos ser cuidadosas en la manera en que nos hablamos unos a otros en la familia. Hay personas que son cuidadosas cuando hablan con otros fuera de la familia pero en el hogar es una historia diferente.

Nosotras las mujeres somos personas de influencia. Es un don especial que hemos recibido de Dios, el don de la influencia. Deberíamos ser un modelo, porque los hijos hacen lo que nosotras hacemos y no lo que decimos. Si usamos un mal lenguaje en casa, ellos de seguro harán lo mismo con sus amigos. Como mujeres podemos edificar o romper un hogar. Es tan importante pesar nuestras palabras y pensarlas cuidadosamente antes de decirlas. Necesitamos estar seguras de que lo que sale de nuestra boca es amable y útil. Piensa en las palabras que dices, especialmente a tu familia. ¿Son palabras que edifican o son palabras que destruyen?

Cuando estamos enojadas decimos palabras ásperas. Y sabes que no puedes volverlas a tu boca una vez que salieron de ella. Si tomamos un tubo de pasta de dientes y la apretamos, será imposible volver a poner dentro del tubo la pasta que habrá salido. Lo mismo sucederá con las palabras que pronunciamos: salen pero no vuelven.

En proverbios capítulo 15 la Biblia dice: “La blanda respuesta quita la ira más la palabra áspera hace subir el furor”. A veces es muy difícil ser amable, especialmente cuando las personas te lastiman. Por supuesto, todos cometemos errores. Habrá veces cuando las palabras se escapen de nuestra boca y tengamos que pedir perdón. Cuando eso sucede tenemos que aprender a decir “lo siento” y pedir perdón a quienes hemos lastimado. Recuerda que las palabras pueden herir profundamente. Palabras de enojo, sin cuidado pueden romper el corazón y aún destruir la autoestima de una persona.

Escucha lo que le sucedió a una mujer. Ella cuenta su historia: “¡Pienso que todo sucedió cuando yo era una niñita! Comenzó con mis padres que me decían cosas que me hacían sentir como que yo no valía mucho. Todo lo que hacía era insuficiente para ellos, ni siquiera los mejores logros. Siempre querían más de mí. Nunca era lo suficientemente buena para ellos. Así que comencé a creer eso. Me decían que me amaban, pero nunca sentí que me respetaran por quien yo era. A menudo observaba las peleas de mis padres, diciéndose cosas el uno al otro y tratándose sin ninguna clase de respeto ni amor. Así que yo pienso que eso me enseñó a no respetarme a mí ni a otros. Cuando conocí a un lindo hombre pensé que era mi oportunidad de irme lejos de ellos, así que pronto nos casamos. Al principio las cosas iban bien y yo estaba muy feliz. Pero no mucho después las cosas comenzaron a cambiar. Comenzamos a no respetarnos uno al otro. Pude verme entonces a mí misma que estaba tornando mi hogar a la clase de hogar del cual yo provenía, con falta de respeto y abuso verbal. Peleábamos por todo: por el dinero, por los derechos del uno sobre el otro, sobre la sumisión y aun sobre algunas pequeñas cosas tontas. Sentía que mi matrimonio era un fracaso y se estaba desmoronando. Quise huir de esa miseria pero desafortunadamente las palabras horribles dichas por tanto tiempo y a menudo sin pensar, no eran fáciles de olvidar. Definitivamente perdí el respeto por mi marido y yo me daba cuenta de que él lo había perdido por mí. Me preguntaba: ¿Hay esperanza para nosotros?”.

¡El poder de las palabras! ¿Hay esperanza para aquellos que están tan heridos, tan destruidos, tan dañados por las palabras, como la mujer cuya historia acabas de oír?

Nosotras las mujeres sabemos cómo usar las palabras. Los expertos dicen que hablamos alrededor de 20.000 palabras al día. Son muchas, ¿verdad? Eso significa tres veces más de las que usan los hombres. Las mujeres hablamos más rápido que los hombres y desafortunadamente gastamos más esfuerzo y tiempo en decir chismes y nos da placer escuchar nuestras propias voces. ¿Alguna vez has observado a un grupo de niñas jugando? Habrás notado que hablan sin parar. ¿O qué tal dos adolescentes al teléfono? ¿Las has escuchado? Pueden estar hablando por mucho tiempo. Tienen mucho para decirse.

Dios también nos ha dejado sus palabras para nosotras. ¿Sabías que la Biblia en realidad se llama “La Palabra de Dios”? Lo que puedes leer en ella son las palabras de Dios, el mensaje de Dios para nosotras. Tenemos mucho que aprender en ella. Lo bueno es que el mensaje de Dios nunca es para desanimarte sino para darte coraje y ánimo y ayudarte en todo.

Desde el comienzo de la Biblia leemos acerca del poder de las palabras de Dios cuando el mundo fue creado. “Y Dios dijo: ‘Sea la luz’ y fue la luz. (…) Y luego Dios dijo: ‘Haya un espacio entre las aguas para separar las aguas de arriba de las de abajo’. Y fue así. Y Dios dijo: ‘Que las aguas debajo del cielo se junten en un lugar para que aparezca la parte seca’. Y fue así. Después dijo Dios: ‘Produzca la tierra hierba, plantas que den semillas y árboles frutales que den fruto, según su especie, cuya semilla esté en ellos, sobre la tierra. Y fue así’. Entonces Dios dijo: ‘Produzcan las aguas innumerables seres vivientes y haya aves que vuelen sobre la tierra, en la bóveda del cielo. Y fue así y vio Dios que era bueno. Y creó Dios los grandes animales… y fue así. Luego Dios dijo: ‘Hagamos a las personas… a nuestra imagen… a nuestra semejanza‘” (Génesis 1:3, 6, 9, 11, 20, 21, 26).  Y así Dios nos creó.

¿No es maravilloso que Dios haya hecho el mundo entero y a los hombres y a las mujeres por el poder de su palabra, y ellos fueron creados y así las personas fueron hechas a la imagen de Dios?
Desde el principio de la Biblia, comenzamos a comprender el poder de las Palabras de Dios. ¡Dios hablaba y era así!

A medida que vamos leyendo aprendemos algo más y muy interesante acerca de la Palabra de Dios. Leemos en Juan 1:1, 3: “En el comienzo la Palabra ya existía (…) Todas las cosas fueron creadas por medio de Él y nada existe que Él no haya hecho”. Está diciendo aquí que la Palabra era con Dios. Si seguimos leyendo lo descubriremos: “Así que la Palabra tomó cuerpo humano y vivió entre nosotros… estaba lleno de gracia y de bondad. Y hemos visto Su gloria, la gloria del único Hijo del Padre” (v. 14). Aquí está hablando de Jesús. Nos dice que Jesús estaba con Su Padre Dios cuando estaba creando al mundo con Su Palabra.

En la Biblia aprendemos muchas cosas acerca de Jesús el Hijo de Dios. Él pronunció palabras amorosas y bondadosas a muchas personas que necesitaban escucharlas. Jesús sanó a las personas con sus palabras. Les habló palabras de ánimo a los que tenían su corazón dolido por mucho sufrimiento. En el Evangelio de Juan capítulo 3:16 hay palabras que nos traen vida. Estas son tal vez las palabras más importantes que jamás hayamos oído: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, más tenga vida eterna”. “Dios no envió a Su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo” (v. 17).

Eso es algo maravilloso y nos llena de esperanza. Hay personas heridas profundamente por situaciones de la vida y se preguntan si para ellas hay esperanza. Podemos decirte con seguridad que hay esperanza para todo aquel que ponga su confianza en Jesús. Él puede cambiar nuestras vidas desde muy dentro de nuestro ser y sanar hasta las más profundas heridas. La Palabra de Dios nos dice de Jesús que “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la justicia. Por sus heridas somos sanados” (1ª. Pedro 2:24). Alabado sea el Señor.

También nos enseña cómo perdonar a otros, a aquellos que quizás nos han lastimado y nos han dicho cosas nada amables. Cuando Jesús entra a vivir a tu vida, Él te muestra cómo arreglar relaciones rotas, si obedeces su palabra. Nos pide que permitamos que Su Espíritu renueve nuestros pensamientos y nuestras actitudes (Efesios 4:23) y añade “no permitas que el enojo te controle”. Nos aconseja resolver rápidamente cualquier conflicto antes de que le des tiempo para que se transforme en una herida más grande y profunda y provoque una brecha grande de separación.

¿Qué puedes hacer, amiga, si has hablado palabras ásperas y poco amables a alguien, quizás a tus propios hijos o esposo? Pon en práctica los consejos de la Palabra de Dios: pide perdón, dile que lo sientes, habla del asunto y no dejes pasar más tiempo. El Señor nos dice: “No se ponga el sol sobre tu enojo”. Tienes que arreglar el problema hoy en cuanto dependa de tu parte. No guardes rencor ni orgullo, toma la iniciativa y arregla la situación.

Recuerda que Dios y Su Palabra son poderosos. Tus palabras y mis palabras también tienen poder para sanar o lastimar.
Pídele a Dios sabiduría para usar correctamente las palabras para que lo que digas sea de bendición.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.